Quinto sol

El Quinto Sol

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Sólo había oscuridad…

La Tierra aún estaba sumergida en tinieblas; no había amanecer, no había atardecer, ni días soleados. Los valles de lágrimas eran salados; no había agua fresca, ya que no había un Sol que llevara las lágrimas de nuevo al cielo y las convirtiera en lluvia otra vez.

Fue entonces que los dioses decidieron darle al mundo un quinto y último Sol. Se reunieron en Tectihuacan, Lugar De los Dioses, y discutieron ardientemente y por largo tiempo. Eventualmente fue decretado: tenía que haber un Sol.

Además debía haber luz de luna mientras el Sol descansaba.

¿Pero quién haría el trabajo?

Los primeros cuatro soles habían muerto.

Así que convocaron un desafío.

Los dioses ordenaron un sacrificio: los voluntarios no podrían verse a sí mismos como Sol o Luna, pero tendrían que cambiar su forma para que el Sol y la Luna duraran para siempre.

Sólo un Dios se aventuró: Tecuciztécatl, Dios de los Caracoles y los Gusanos. El era rico, fuerte y vanidoso. Él creyó que sacrificándose lograría obtener gloria eterna. Por lo tanto él deseaba ser el Sol.

Nadie más estaba dispuesto.

Los dioses se vieron incómodos entre ellos; debía haber un segundo sacrificio para hacer el Sol y la Luna. Finalmente su mirada se posó sobre una humilde diosa en el centro de ellos; la Pequeña Nana, la fea. Los dioses declararon que si ella estaba de acuerdo, ellos transformarían su cuerpo.

La pobre Nana no quería morir. Aún así, sonrío amablemente cuando le dijeron que ella podría llegar a iluminar y calentar la Tierra. De esta manera ayudaría a los niños, incluso aquellos que todavía no habían nacido.

Entonces los dioses tenían ya dos voluntarios… ¡Para el SACRIFICIO!

Los dioses comenzaron las preparaciones.

Dos grandes altares de piedra fueron erigidos: uno para el Sol y otro para la Luna, todavía no se había decidido cuál sería para cada quien. Los voluntarios se bañaron y se vistieron a su manera.

El Dios de los Caracoles y los Gusanos se puso un plumaje de fuego, una túnica de colores brillantes, aretes de turquesa y jade y un collar brillante de oro.

La Pequeña Nana no contaba con esos lujos, así que pintó su cuerpo cobrizo de blanco y usó un vestido roto de papel a través del cual se podía ver su cuerpo delgado.

Mientras tanto, debajo de los altares, los dioses habían hecho un fuego para el sacrificio. Muchos troncos de leña fueron apilados para que el cielo estuviera iluminado por el intenso calor.

Tecuciztécatl estaba dudoso…

El Dios de los Caracoles tembló de miedo y se mordió el labio; la Pequeña Nana estaba sentada calladamente, sus manos descansando sobre sus piernas.

Tecuciztécatl fue elegido como el primero para saltar a las llamas.

A la orden de los dioses él se acercó al fuego y se detuvo alto y grandioso ante su pilar de piedra blanca; su plumaje rojo, verde y amarillo se agitaba en el viento.

Pero su valor lo abandonó y retrocedió abruptamente, pálido y temblando. Tres veces fue llamado y tres veces se echó atrás nerviosamente.

Los dioses finalmente perdieron su paciencia y se dirigieron a la Pequeña Nana gritando "¡Salta!"

Dio un paso al frente instantáneamente y se detuvo firme al filo del pilar. Entonces cerró sus ojos, sonrió valientemente mientras pensaba en el sacrificio que hacia por la gente y saltó al corazón rojo de las llamas.

Furioso y avergonzado, pero sobretodo temiendo que el noble poder del Sol no sería suyo, el Dios de los Caracoles y los Gusanos cerró sus ojos y se lanzó. Pero saltó hacia un lado, donde el fuego era más débil y la ceniza espesa.

Ahora el emocionante final de la historia…

Justo en ese momento un águila apareció de la nada, entró a las llamas, volvió a salir tan rápidamente que sólo las puntas de sus alas se quemaron.

Voló rápidamente hacia arriba sujetando una brillante bola de fuego en su pico, como una flecha feroz atravesando el cielo, hasta que llegó a las puertas del este de Tectihuacán.

Ahí depositó la bola de fuego, lo que antes fue la Pequeña Nana, y ella tomó su asiento en un trono de nubes. Nana ahora traía mechones brillantes, dorados y atados con perlas y conchas preciosas, que brillaban al amanecer, sus labios eran del más puro escarlata.

Nunca el amanecer fue tan hermoso. Los dioses manifestaron un gran rugido de placer que se escuchó en todo el cielo.

Entonces un halcón descendió en las ardientes brasas del fuego, entonces quedó manchado de negro como el carbón; emergió del lugar sujetando en su pico una brillante bola color ceniza. La cargó hasta el cielo y la colocó a un lado del Sol.

Entonces el cobarde Dios de los Caracoles se convirtió en la Luna.

Pero eso no es todo…

Los dioses estaban furiosos con la frágil Luna y uno de ellos le lanzó un conejo, era lo que estaba más a la mano.

El conejo golpeó a la Luna exactamente en su cara. Desde entonces, cuando hay Luna llena puedes ver las cicatrices dejaron las largas orejas y patas del conejo.

Mientras el Sol viajaba alrededor del mundo, llevando calor y luz, la Luna lo hace en una persecución inútil. Pero siempre es lenta. Y cuando, cansada y fría finalmente llega al oeste, el Sol ya se ha puesto. Sus antiguos ropajes lujosos ahora se han convertido en harapos.

Esta es la historia del quinto y último Sol.

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